martes, 19 de enero de 2021

Manhattan transfer 

Escena 1 

Venteaba desde el Hudson una corriente gélida sobre el Garden State. Adormilados, sus habitantes miraban TV junto al radiador, ignorando las vibraciones salvajes de la vecina metrópoli. Era el invierno de 1992. Sin imaginar ese mundo de espejismo al otro lado del río, Juana anunció que se iba para Manhattan con su conquista de última hora. Cecilia, la más aterrizada de las dos, le paró en seco.

Nos vamos, dirás. Tú apenas si has puesto un pie en la ciudad…

–¡Pero tú tampoco! Llevas aquí solo dos meses más que yo y ¡casi nunca sales del dorm!

– ¡Significa que estoy aquí el triple de tiempo! Nos vamos Juana, te cuidaremos. Santiago, ¡vente con nosotras!

 Hacia Nueva York embarcaron, en el infrecuente bus de New Jersey Transit, los tres jóvenes extranjeros y Richie, adonis afro de piel caoba. Transbordaron al metro, entre pasillos grafiteados de piso a techo, llevándose a bocanadas el aire viciado de los bajos de la ciudad.

Un vagabundo se aproximó y Santiago sintió que le arrebataban el aire de los pulmones. Richie, rapero curtido en el subterráneo, siguió parloteando mientras ignoraba los murmullos del desconocido. Pensó que Santiago se calmaría, pero este no despegaba sus ojos de la errática figura: un sin techo, un homeless, un clochard, un animal peligroso… Arrastrando los pies, el hombre empezó a alejarse. Santiago ya recobraba el aliento, cuando el personaje se volteó; su raído abrigo flameó por un instante antes de que extendiera su mano hacia ellos, en gesto de encañonarlos. El grito de Santiago retumbó en la estación, pero no tanto como la carcajada del extraño que desenvolvió el puño y saludó a las chicas antes de marcharse bailando.

Welcome to New York! –exclamó Richie entre risas, que Juana secundó de puro susto, acrecentando la humillación de su joven amigo. Cecilia la miró enojada, mientras Santiago deseaba sumergirse aún más en la tierra. El arribo estruendoso del tren dio fin a la escena, pero no alivianó el alma del muchacho. ¿Qué hacía allí a esas horas de la noche? Su madre se lo había dicho mil veces. “Hijo, vas a los Estados Unidos a estudiar, no te pierdas en las fiestas, dicen que los gringos son muy drogados, que las ciudades son malévolas, que los jóvenes cargan armas, que las mujeres son falsas. Hijo, prométeme”.

Y hélo aquí. Igual que Juana, no llevaba sino un mes en ese país y ya andaba metido en ese deprimente vagón, sin saber cómo volver a casa. Pero ¿qué casa? ¿Esa habitación compartida con un maldito japonés que no pronunciaba palabra? ¿Ese mini apartamento donde seis muchachos libidinosos nunca tenían privacidad suficiente para hacerse una paja tranquilos? ¿Por qué dijo que sí esa noche? Sabía muy bien que no era más que un bulto de ojos achinados que Juana y Cecilia cargaban para procurarse la ficción de un respaldo masculino. Sin él, las chicas hubieran podido arreglárselas perfectamente. ¿Y él, sin ellas? ¡Dios mío, ese viaje no terminaba nunca!

–Tranquilo, Santiago, si esto no marcha, nos vamos a la Port Authority y tomamos el bus de vuelta, –le sopló Cecilia al oído.

¿La Port Authority? ¡Señor! Ese lugar pérfido, rodeado de licorerías, bares de mala muerte y cabinas de peepshow le recordaba al Mercado Central de Lima de cuando él era niño.

Juana le pasó un dulce, arrepentida de su reciente deslealtad. –Ya mismo llegamos, Santi. Este dice que es un sitio súper chévere, –e inclinó la cabeza hacia Richie.

Aunque no era hermosa, tenía un vago encanto. Santiago, claro, prefería las rubias. Había tantas en la universidad, pero nunca se fijarían en él, un sudaca de magra musculatura, tal como su bolsillo.

Sigue...

Manhattan transfer 

Escena 2 

Emergieron a la superficie cerca de Washington Square, acaso el parquecillo más frívolo de toda la isla. Entre vapores de marihuana y tonadas de armónicas y saxofones volaban hacia el cielo los malabares, buscaba oídos la poesía, espumeaban los wine coolers y otros poderosos cocteles… Desfilaban entre las jardineras jóvenes ataviados de largos abrigos oscuros, jeans estrechos y cutis perfectos de todos los colores. Incontables sonrisas desafiaban la helada, entretejiendo un manto de dicha. Los sudamericanos ralentizaron el paso, quizá temiendo estropear algún hechizo. Richie no esperaba tal sorpresa. Se preguntó cómo sería la vida en esos reinos de la escasez, al Sur del continente, de donde provenían sus acompañantes. Contagiado por el asombro del forastero, miró en derredor con ojos ajenos y, por un instante, se sintió inmerso en un comercial de Coca Cola. 

Salir de la plaza fue dejar el regazo de la madre. El frío recrudeció. A pocos pasos, un par de piernas y un torso casi desnudo buscaban concretar una transacción. Un trío de muchachas góticas cruzaba la calle despacio, provocando a los conductores ya exasperados. Sus rostros adrede blanquecinos relucían contra sus vestidos de terciopelo carmesí, tan elegantes y desenfadados a la vez. –¡Trajearse así! –se dijo Juana, lamentando su fallido atavío.

Al borde de la medianoche, hacían fila para entrar a una iglesia. Sin más detalles, Richie los había dejado en la hilera, mientras él hablaba con alguien en la puerta del templo.

– Oye Juana, ¿qué es esto? 

–¡Qué voy a saber! –respondió la aludida, genuinamente perpleja.

Era el grupo de feligreses más emperifollado que se hubiera visto jamás. Santiago no lograba enfocar la vista entre los ceñidos body suits, los escotes de vértigo y el maquillaje por libras… Una limusina se detuvo para expulsar con parsimonia a un trío que acaparó las miradas: dos muchachos delgados, esbeltos y pálidos, dos máscaras de carnaval, adornados con plumas y gasas, erguidos hasta el cielo sobre sus zapatos de plataforma. Los seguía una voluptuosidad de implacable corsé y piernas larguísimas cubiertas por látex negro, una vampiresa cuya vocación nocturna le hacía estragos en la piel. Saludaron como príncipes; la concurrencia se precipitó hacia ellos buscando palpar la fama y la fortuna. En la confusión, Juana quedó casi incrustada en el décolletage de la dama. Los tres personajes estallaron en risotadas. Mirándola con desdén, uno dijo algo que la joven no logró entender y la empujó toscamente para abrirse camino. Se alejó aleteando sus enormes pestañas; se esfumó el turquesa de sus párpados y le dio la espalda el pintalabios violeta que rebasaba los contornos de la boca.   

Humillada, Juana agradeció no haber lo que, seguro, fue una burla. Por fortuna, su protagonismo también se esfumó, pues la gente seguía hipnotizada al trío de plumas y látex que ya trasponía las puertas del santuario. ¿Qué ocurría allí dentro? Súbitamente aparecieron de no sé dónde al menos otra docena de figuras inverosímiles. Lucían lentejuelas, pelucas y tocados de colores, enormes botas de construcción, camisetas ceñidas con sendos agujeros en los pezones, o simplemente ropa interior de cuero bajo enormes abrigos fluorescentes.

Richie emergió entre el desorden y, apesadumbrado, les anunció que no podrían entrar. Los animadores de la fiesta acababan de poner en vigor las inescrutables reglas que determinaban quién podía conformar, cada noche, el conjunto de los elegidos en la famosa y decadente Limelight. Los jóvenes extranjeros acusaron el golpe con resignación. Sabían que no calzaban en aquél pomposo entourage. Pero Richie no se dejaría derrotar. Les condujo a otro sitio y, con renovado optimismo anunció, frente a un edificio vetusto: –This is it!

Si The Limelight había sido una iglesia, este seguro había sido una factoría. Sobre el centro de la enorme pista pendía una jaula que encerraba a una bailarina. Santiago quedó boquiabierto hasta que Cecilia le propinó un buen huachazo. –Take a picture, it lasts longer –le espetó, orgullosa de su inglés coloquial. –¿Qué dices?, –respondió el peruano, que hace rato había desactivado su receptor de lengua extranjera, pues tratar de entender todo el tiempo le agotaba hasta lo indecible. Juana bailaba con Richie, quien había mirado solo de reojo a la bella enjaulada, en gran despliegue de galantería. Al parecer ninguno de sus amigos había observado la lamentable escena frente al templo. Ella se forzaría a divertirse y en los espejos se concentraría en el brillo de sus veinte años, que ni su elemental atuendo lograba opacar.  

Cecilia y Santiago bailaron juntos por costumbre, pero pronto empezaron a apartarse, sumándose al equipo de los danzantes solitarios. Santiago no pudo hallar mejor bálsamo para sus inseguridades. No tener que “sacar a bailar” a nadie era como haberse librado de la conscripción. Se abandonó al voyeurismo, deteniéndose en cada gesto lascivo, en cada movimiento insinuante, pero siempre al margen. Ligar le daba tanto miedo como pereza; lo intentaría otro día.  

Cervezas más tarde, Cecilia charlaba con una chica de cabello corto y cuerpo musculoso. La desconocida se movía con la gracia de un jugador de baloncesto, mientras la sudamericana luchaba por mantener el compás, exhibiendo una díscola sensualidad. De pronto Juana alertó a Santiago con un codazo: Cecilia y la muchacha se besaban. ¡Había quien le sacaba provecho al anonimato! La escena sumió a todos en una oleada de introspección.

 Juana pensó en su hermana menor y se avergonzó ante su recuerdo por aquella aventura. Andarse en toqueteos con un desconocido –en el Nueva York azotado por el SIDA– parecía poco menos que jugarse la vida... ¡Eso diría su familia! Y quizá tenían razón... Buscó a su hermana entre la multitud. Una punzada de melancolía quiso arrebatarle la noche, pero ella sabía cómo blindarse.

 Richie pensó en su madre, una esforzada mujer negra que lo había criado sola, como tantas. Desde que salía con ese nuevo novio la veía poco. Él parecía un dealer cualquiera, ¿por qué ella no se daba cuenta? Observó los rasgos de Juana, tan distintos; la comparación le fastidió. Tal vez el nuevo novio no traficaba. Simplemente Richie detestaba aquellos romances que desembocaban en lágrimas. Ese mismo día su madre había viajado hacia Los Ángeles, para explorar una nueva vida junto a su actual pareja. Richie comprendió que, al alejarse, libraba a su hijo de toda responsabilidad. Se avergonzaba de haberse sentido, de algún modo, aliviado ante la partida.

 Ante el sorpresivo beso entre Cecilia y la desconocida, Santiago pensó que su amiga estaba loca. Era demasiado extrovertida. ¡Hasta para pedir la sal, armaba barullo! En esa sociedad estruendosa, ella saldría adelante. Por contraste, suspiró despacio y recordó el norte peruano, esa enormidad árida y silenciosa que tanto le había fascinado de niño. Pensó en la gran ciudad como una clase distinta de desierto. Como las arenas que el viento arrastraba en todas direcciones, las gentes andaban de un lado a otro en la metrópoli sin llegar nunca a lugar alguno. Observó a la joven en aquella jaula y se imaginó caminar con ella por Piura. Evocar esos paisajes secos y calurosos le provocaron sed.

 –¡Quiero agua! –pidió Santiago.

–¡Yo también! – le gritó Cecilia.

Al poco rato, se hallaban de vuelta en Washington Square, donde seguía la fiesta y así seguiría por décadas, con renovados jóvenes elencos. Richie seguía pensativo, ignorante de que su destino se empezaba a retorcer. Santiago sintió que la alegre multitud, que antes los toleró, ahora los repelía. Ocurría ya. Las risas se tornaban en ruido, las personas los observaban con sorna, como a visitantes incómodos que no daban la talla. Juana se preguntaba si encajarían alguna vez. Ni siquiera Cecilia lograba mantenerse optimista. Se aferró al pequeño tesoro en su bolsillo: una servilleta ajada con el número telefónico de Sara, la musculosa neoyorquina que esa noche la había besado.

Sigue...