Manhattan transfer
Escena 1
Venteaba desde el Hudson una corriente gélida sobre el Garden State. Adormilados, sus habitantes miraban TV junto al radiador, ignorando las vibraciones salvajes de la vecina metrópoli. Era el invierno de 1992. Sin imaginar ese mundo de espejismo al otro lado del río, Juana anunció que se iba para Manhattan con su conquista de última hora. Cecilia, la más aterrizada de las dos, le paró en seco.
–Nos vamos, dirás. Tú apenas si has puesto un pie en la ciudad…
–¡Pero tú tampoco! Llevas aquí solo dos meses más que yo y ¡casi nunca sales del dorm!
– ¡Significa que estoy aquí el triple de tiempo! Nos vamos Juana, te cuidaremos. Santiago, ¡vente con nosotras!
Hacia Nueva York embarcaron, en el infrecuente bus de New Jersey Transit, los tres jóvenes extranjeros y Richie, adonis afro de piel caoba. Transbordaron al metro, entre pasillos grafiteados de piso a techo, llevándose a bocanadas el aire viciado de los bajos de la ciudad.
Un vagabundo se aproximó y Santiago sintió que le arrebataban el aire de los pulmones. Richie, rapero curtido en el subterráneo, siguió parloteando mientras ignoraba los murmullos del desconocido. Pensó que Santiago se calmaría, pero este no despegaba sus ojos de la errática figura: un sin techo, un homeless, un clochard, un animal peligroso… Arrastrando los pies, el hombre empezó a alejarse. Santiago ya recobraba el aliento, cuando el personaje se volteó; su raído abrigo flameó por un instante antes de que extendiera su mano hacia ellos, en gesto de encañonarlos. El grito de Santiago retumbó en la estación, pero no tanto como la carcajada del extraño que desenvolvió el puño y saludó a las chicas antes de marcharse bailando.
–Welcome to New York! –exclamó Richie entre risas, que Juana secundó de puro susto, acrecentando la humillación de su joven amigo. Cecilia la miró enojada, mientras Santiago deseaba sumergirse aún más en la tierra. El arribo estruendoso del tren dio fin a la escena, pero no alivianó el alma del muchacho. ¿Qué hacía allí a esas horas de la noche? Su madre se lo había dicho mil veces. “Hijo, vas a los Estados Unidos a estudiar, no te pierdas en las fiestas, dicen que los gringos son muy drogados, que las ciudades son malévolas, que los jóvenes cargan armas, que las mujeres son falsas. Hijo, prométeme”.
Y hélo aquí. Igual que Juana, no llevaba sino un mes en ese país y ya andaba metido en ese deprimente vagón, sin saber cómo volver a casa. Pero ¿qué casa? ¿Esa habitación compartida con un maldito japonés que no pronunciaba palabra? ¿Ese mini apartamento donde seis muchachos libidinosos nunca tenían privacidad suficiente para hacerse una paja tranquilos? ¿Por qué dijo que sí esa noche? Sabía muy bien que no era más que un bulto de ojos achinados que Juana y Cecilia cargaban para procurarse la ficción de un respaldo masculino. Sin él, las chicas hubieran podido arreglárselas perfectamente. ¿Y él, sin ellas? ¡Dios mío, ese viaje no terminaba nunca!
–Tranquilo, Santiago, si esto no marcha, nos vamos a la Port Authority y tomamos el bus de vuelta, –le sopló Cecilia al oído.
¿La Port Authority? ¡Señor! Ese lugar pérfido, rodeado de licorerías, bares de mala muerte y cabinas de peepshow le recordaba al Mercado Central de Lima de cuando él era niño.
Juana le pasó un dulce, arrepentida de su reciente deslealtad. –Ya mismo llegamos, Santi. Este dice que es un sitio súper chévere, –e inclinó la cabeza hacia Richie.
Aunque no era hermosa, tenía un vago encanto. Santiago, claro, prefería las rubias. Había tantas en la universidad, pero nunca se fijarían en él, un sudaca de magra musculatura, tal como su bolsillo.

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