Manhattan transfer
Escena 3
Con el correr del tiempo, Richie evocaría aquella velada, en compañía de aquél ingenuo terceto de sudamericanos, como la última noche en que fue feliz. Su madre nunca volvería de Los Ángeles, pues pronto estallaría la violencia, cuando inundaran las pantallas del país y el mundo las imágenes de un hombre negro llamado Rodney King, golpeado salvajemente por policías blancos. Decenas perderían la vida en seis días de disturbios. Las muertes se producirían en las persecuciones policiales, en el fuego cruzado de la población armada, en el caos provocado por la angustia y la impotencia de los habitantes del guetto. Su madre moriría a manos de un miope tendero oriundo de Korea, un hombre de casi 60 años que llevaba al menos un lustro soportando, cabizbajo, el escarnio de sus clientes más frecuentes: los pandilleros del barrio, todos menores de edad que habían desertado la escuela, convencidos de que su mejor apuesta era abandonar lo más pronto posible aquella ficción de que les aguardaba un futuro. Tras el asesinato en Los Ángeles, Richie descubriría que el odio, no el amor, lo puede todo.
Años después, Juana volvería a ver a ese extravagante personaje que la humilló frente a la iglesia convertida en discoteca. Lo encontró en la portada de un diario. Miró muy bien la fotografía: los labios violetas, el maquillaje excesivo, unos tirantes a rayas que cruzaban su pecho; sin duda era él. Había asesinado a un traficante de drogas cuya base de operaciones era precisamente The Limelight, aquél templo protestante del siglo XVIII que, doscientos años después, había sido desacralizado hasta las últimas consecuencias.
Juana se hallaba a unos pasos de Times Square. Enormes imágenes sobre la plaza mostraban unas mujeres bellísimas de una delgadez imposible. Las súpermodelos dominaban la marea humana desde la cúspide de los rascacielos. La joven había osado quedarse quieta, en pleno centro del mundo, ante el kiosko de periódicos. Pronto recibió el empujón airado de un transeúnte que siguió su camino sin asomo de disculpa. La invadió un antiguo recuerdo, el de verse presenciando, desde la orilla, cómo una multitud privilegiada se dirigía resuelta a un destino común, un lugar secreto al que ella no sería convidada.
Fin
Nadesha Montalvo R.

No hay comentarios:
Publicar un comentario