Hombres nuevos
¾Le dije algo así: «Yo no sé qué
duele más mamá: los gritos, los golpes, o ese silencio de mierda antes de que
su marido nos caiga a gritos y a golpes. Váyase de aquí, ¡devuélvase para el
campo, con los abuelos!».
¾¡Muy bien
Fernando! ¿Qué más le dijo a su madre? ¡Acuérdese!
¾ Ay, qué
mamera con usted, don Arsenio. Le he dado mil vueltas a esa noche en mi cabeza
y ¡ya le conté todo!
¾ Entonces,
dígame, ¿qué recuerda de su padrastro? ¿Qué le gustaba de él? Algo habrá tenido
de bueno…
¾ No me
gustaba nada.
¾¿Nada?
¿Seguro, Fernando? ¿O prefiere que le llame Negro?
¾ Él me
llamaba así. Desde la esquina me gritaba. ¡Neeegro, véngase y ayúdeme a cargar
esos sacos! ¿Sí puede, no mijo? Y soltaba una carcajada. Todos los vecinos la
gozaban mientras yo volaba a ayudarle.
¾ Los
vecinos, ¿lo querían a su padrastro?
¾¡Y a mí
qué me importa!
¾¿Lo
querían o no, Fernando?
¾ Es que
les ponía cervezas, les contaba historias, chistes, les hablaba de mujeres.
Parecía que nunca le faltaba la plata… Él hablaba y toditicos se quedaban mudos...
¾¿Sabe? Usted
admiraba a su padrastro, Fernando.
¾¡Yo! ¡A
ese infeliz que pegaba a mi mamá? ¡Usted habla pura mierda don Arsenio!
¾ Cálmese,
Fernando. Para eso es que estamos aquí conversando, para entender por qué los hombres
son como son y así forjar hombres nuevos. ¿Su padrastro era musculoso?
¾¡Yo qué
sé! ¿Por qué seguimos hablando de ese hijueputa?
¾ Vea, yo
por ejemplo, soy más bien flaco; huesudo soy. Sáquese la camisa usted también.
Se va a sentir más cómodo. Eso, acérquese; su piel es muy suave, Fernando. Toque
mi pecho. Mire, quédese ahí Negro, que voy a apagar la luz.

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