lunes, 15 de marzo de 2021

 


Hombres nuevos

¾Le dije algo así: «Yo no sé qué duele más mamá: los gritos, los golpes, o ese silencio de mierda antes de que su marido nos caiga a gritos y a golpes. Váyase de aquí, ¡devuélvase para el campo, con los abuelos!».

¾¡Muy bien Fernando! ¿Qué más le dijo a su madre? ¡Acuérdese!

¾ Ay, qué mamera con usted, don Arsenio. Le he dado mil vueltas a esa noche en mi cabeza y ¡ya le conté todo!

¾ Entonces, dígame, ¿qué recuerda de su padrastro? ¿Qué le gustaba de él? Algo habrá tenido de bueno…

¾ No me gustaba nada.

¾¿Nada? ¿Seguro, Fernando? ¿O prefiere que le llame Negro?

¾ Él me llamaba así. Desde la esquina me gritaba. ¡Neeegro, véngase y ayúdeme a cargar esos sacos! ¿Sí puede, no mijo? Y soltaba una carcajada. Todos los vecinos la gozaban mientras yo volaba a ayudarle.    

¾ Los vecinos, ¿lo querían a su padrastro?

¾¡Y a mí qué me importa!

¾¿Lo querían o no, Fernando?

¾ Es que les ponía cervezas, les contaba historias, chistes, les hablaba de mujeres. Parecía que nunca le faltaba la plata… Él hablaba y toditicos se quedaban mudos...

¾¿Sabe? Usted admiraba a su padrastro, Fernando.

¾¡Yo! ¡A ese infeliz que pegaba a mi mamá? ¡Usted habla pura mierda don Arsenio!

¾ Cálmese, Fernando. Para eso es que estamos aquí conversando, para entender por qué los hombres son como son y así forjar hombres nuevos. ¿Su padrastro era musculoso?

¾¡Yo qué sé! ¿Por qué seguimos hablando de ese hijueputa?

¾ Vea, yo por ejemplo, soy más bien flaco; huesudo soy. Sáquese la camisa usted también. Se va a sentir más cómodo. Eso, acérquese; su piel es muy suave, Fernando. Toque mi pecho. Mire, quédese ahí Negro, que voy a apagar la luz.

SIGUE...

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