martes, 19 de enero de 2021

Manhattan transfer 

Escena 2 

Emergieron a la superficie cerca de Washington Square, acaso el parquecillo más frívolo de toda la isla. Entre vapores de marihuana y tonadas de armónicas y saxofones volaban hacia el cielo los malabares, buscaba oídos la poesía, espumeaban los wine coolers y otros poderosos cocteles… Desfilaban entre las jardineras jóvenes ataviados de largos abrigos oscuros, jeans estrechos y cutis perfectos de todos los colores. Incontables sonrisas desafiaban la helada, entretejiendo un manto de dicha. Los sudamericanos ralentizaron el paso, quizá temiendo estropear algún hechizo. Richie no esperaba tal sorpresa. Se preguntó cómo sería la vida en esos reinos de la escasez, al Sur del continente, de donde provenían sus acompañantes. Contagiado por el asombro del forastero, miró en derredor con ojos ajenos y, por un instante, se sintió inmerso en un comercial de Coca Cola. 

Salir de la plaza fue dejar el regazo de la madre. El frío recrudeció. A pocos pasos, un par de piernas y un torso casi desnudo buscaban concretar una transacción. Un trío de muchachas góticas cruzaba la calle despacio, provocando a los conductores ya exasperados. Sus rostros adrede blanquecinos relucían contra sus vestidos de terciopelo carmesí, tan elegantes y desenfadados a la vez. –¡Trajearse así! –se dijo Juana, lamentando su fallido atavío.

Al borde de la medianoche, hacían fila para entrar a una iglesia. Sin más detalles, Richie los había dejado en la hilera, mientras él hablaba con alguien en la puerta del templo.

– Oye Juana, ¿qué es esto? 

–¡Qué voy a saber! –respondió la aludida, genuinamente perpleja.

Era el grupo de feligreses más emperifollado que se hubiera visto jamás. Santiago no lograba enfocar la vista entre los ceñidos body suits, los escotes de vértigo y el maquillaje por libras… Una limusina se detuvo para expulsar con parsimonia a un trío que acaparó las miradas: dos muchachos delgados, esbeltos y pálidos, dos máscaras de carnaval, adornados con plumas y gasas, erguidos hasta el cielo sobre sus zapatos de plataforma. Los seguía una voluptuosidad de implacable corsé y piernas larguísimas cubiertas por látex negro, una vampiresa cuya vocación nocturna le hacía estragos en la piel. Saludaron como príncipes; la concurrencia se precipitó hacia ellos buscando palpar la fama y la fortuna. En la confusión, Juana quedó casi incrustada en el décolletage de la dama. Los tres personajes estallaron en risotadas. Mirándola con desdén, uno dijo algo que la joven no logró entender y la empujó toscamente para abrirse camino. Se alejó aleteando sus enormes pestañas; se esfumó el turquesa de sus párpados y le dio la espalda el pintalabios violeta que rebasaba los contornos de la boca.   

Humillada, Juana agradeció no haber lo que, seguro, fue una burla. Por fortuna, su protagonismo también se esfumó, pues la gente seguía hipnotizada al trío de plumas y látex que ya trasponía las puertas del santuario. ¿Qué ocurría allí dentro? Súbitamente aparecieron de no sé dónde al menos otra docena de figuras inverosímiles. Lucían lentejuelas, pelucas y tocados de colores, enormes botas de construcción, camisetas ceñidas con sendos agujeros en los pezones, o simplemente ropa interior de cuero bajo enormes abrigos fluorescentes.

Richie emergió entre el desorden y, apesadumbrado, les anunció que no podrían entrar. Los animadores de la fiesta acababan de poner en vigor las inescrutables reglas que determinaban quién podía conformar, cada noche, el conjunto de los elegidos en la famosa y decadente Limelight. Los jóvenes extranjeros acusaron el golpe con resignación. Sabían que no calzaban en aquél pomposo entourage. Pero Richie no se dejaría derrotar. Les condujo a otro sitio y, con renovado optimismo anunció, frente a un edificio vetusto: –This is it!

Si The Limelight había sido una iglesia, este seguro había sido una factoría. Sobre el centro de la enorme pista pendía una jaula que encerraba a una bailarina. Santiago quedó boquiabierto hasta que Cecilia le propinó un buen huachazo. –Take a picture, it lasts longer –le espetó, orgullosa de su inglés coloquial. –¿Qué dices?, –respondió el peruano, que hace rato había desactivado su receptor de lengua extranjera, pues tratar de entender todo el tiempo le agotaba hasta lo indecible. Juana bailaba con Richie, quien había mirado solo de reojo a la bella enjaulada, en gran despliegue de galantería. Al parecer ninguno de sus amigos había observado la lamentable escena frente al templo. Ella se forzaría a divertirse y en los espejos se concentraría en el brillo de sus veinte años, que ni su elemental atuendo lograba opacar.  

Cecilia y Santiago bailaron juntos por costumbre, pero pronto empezaron a apartarse, sumándose al equipo de los danzantes solitarios. Santiago no pudo hallar mejor bálsamo para sus inseguridades. No tener que “sacar a bailar” a nadie era como haberse librado de la conscripción. Se abandonó al voyeurismo, deteniéndose en cada gesto lascivo, en cada movimiento insinuante, pero siempre al margen. Ligar le daba tanto miedo como pereza; lo intentaría otro día.  

Cervezas más tarde, Cecilia charlaba con una chica de cabello corto y cuerpo musculoso. La desconocida se movía con la gracia de un jugador de baloncesto, mientras la sudamericana luchaba por mantener el compás, exhibiendo una díscola sensualidad. De pronto Juana alertó a Santiago con un codazo: Cecilia y la muchacha se besaban. ¡Había quien le sacaba provecho al anonimato! La escena sumió a todos en una oleada de introspección.

 Juana pensó en su hermana menor y se avergonzó ante su recuerdo por aquella aventura. Andarse en toqueteos con un desconocido –en el Nueva York azotado por el SIDA– parecía poco menos que jugarse la vida... ¡Eso diría su familia! Y quizá tenían razón... Buscó a su hermana entre la multitud. Una punzada de melancolía quiso arrebatarle la noche, pero ella sabía cómo blindarse.

 Richie pensó en su madre, una esforzada mujer negra que lo había criado sola, como tantas. Desde que salía con ese nuevo novio la veía poco. Él parecía un dealer cualquiera, ¿por qué ella no se daba cuenta? Observó los rasgos de Juana, tan distintos; la comparación le fastidió. Tal vez el nuevo novio no traficaba. Simplemente Richie detestaba aquellos romances que desembocaban en lágrimas. Ese mismo día su madre había viajado hacia Los Ángeles, para explorar una nueva vida junto a su actual pareja. Richie comprendió que, al alejarse, libraba a su hijo de toda responsabilidad. Se avergonzaba de haberse sentido, de algún modo, aliviado ante la partida.

 Ante el sorpresivo beso entre Cecilia y la desconocida, Santiago pensó que su amiga estaba loca. Era demasiado extrovertida. ¡Hasta para pedir la sal, armaba barullo! En esa sociedad estruendosa, ella saldría adelante. Por contraste, suspiró despacio y recordó el norte peruano, esa enormidad árida y silenciosa que tanto le había fascinado de niño. Pensó en la gran ciudad como una clase distinta de desierto. Como las arenas que el viento arrastraba en todas direcciones, las gentes andaban de un lado a otro en la metrópoli sin llegar nunca a lugar alguno. Observó a la joven en aquella jaula y se imaginó caminar con ella por Piura. Evocar esos paisajes secos y calurosos le provocaron sed.

 –¡Quiero agua! –pidió Santiago.

–¡Yo también! – le gritó Cecilia.

Al poco rato, se hallaban de vuelta en Washington Square, donde seguía la fiesta y así seguiría por décadas, con renovados jóvenes elencos. Richie seguía pensativo, ignorante de que su destino se empezaba a retorcer. Santiago sintió que la alegre multitud, que antes los toleró, ahora los repelía. Ocurría ya. Las risas se tornaban en ruido, las personas los observaban con sorna, como a visitantes incómodos que no daban la talla. Juana se preguntaba si encajarían alguna vez. Ni siquiera Cecilia lograba mantenerse optimista. Se aferró al pequeño tesoro en su bolsillo: una servilleta ajada con el número telefónico de Sara, la musculosa neoyorquina que esa noche la había besado.

Sigue...

sábado, 12 de diciembre de 2020

 




Manhattan transfer 

Escena 3

Con el correr del tiempo, Richie evocaría aquella velada, en compañía de aquél ingenuo terceto de sudamericanos, como la última noche en que fue feliz. Su madre nunca volvería de Los Ángeles, pues pronto estallaría la violencia, cuando inundaran las pantallas del país y el mundo las imágenes de un hombre negro llamado Rodney King, golpeado salvajemente por policías blancos. Decenas perderían la vida en seis días de disturbios. Las muertes se producirían en las persecuciones policiales, en el fuego cruzado de la población armada, en el caos provocado por la angustia y la impotencia de los habitantes del guetto. Su madre moriría a manos de un miope tendero oriundo de Korea, un hombre de casi 60 años que llevaba al menos un lustro soportando, cabizbajo, el escarnio de sus clientes más frecuentes: los pandilleros del barrio, todos menores de edad que habían desertado la escuela, convencidos de que su mejor apuesta era abandonar lo más pronto posible aquella ficción de que les aguardaba un futuro. Tras el asesinato en Los Ángeles, Richie descubriría que el odio, no el amor, lo puede todo.


Años después, Juana volvería a ver a ese extravagante personaje que la humilló frente a la iglesia convertida en discoteca. Lo encontró en la portada de un diario. Miró muy bien la fotografía: los labios violetas, el maquillaje excesivo, unos tirantes a rayas que cruzaban su pecho; sin duda era él. Había asesinado a un traficante de drogas cuya base de operaciones era precisamente The Limelight, aquél templo protestante del siglo XVIII que, doscientos años después, había sido desacralizado hasta las últimas consecuencias.


Juana se hallaba a unos pasos de Times Square. Enormes imágenes sobre la plaza mostraban unas mujeres bellísimas de una delgadez imposible. Las súpermodelos dominaban la marea humana desde la cúspide de los rascacielos. La joven había osado quedarse quieta, en pleno centro del mundo, ante el kiosko de periódicos. Pronto recibió el empujón airado de un transeúnte que siguió su camino sin asomo de disculpa. La invadió un antiguo recuerdo, el de verse presenciando, desde la orilla, cómo una multitud privilegiada se dirigía resuelta a un destino común, un lugar secreto al que ella no sería convidada.


Fin

Nadesha Montalvo R. 

miércoles, 30 de abril de 2014

En materia de comunicación nos faltan dos 'cositas'



Nadesha Montalvo R.

Si tú protestas, yo te demando. Las prácticas del poder van configurando irreversiblemente la cotidianidad; no sorprende entonces que el actor y guionista David Reinoso quiera demandar a Silueta X. Esta asociación de organizaciones que trabajan el tema de derechos sexuales protestó contra los programas de televisión a cargo de Reinoso por mensajes discriminatorios en materia de identidades sexuales. Ni voy a mencionar los dichosos programas, pero sí hay que acordarse que Reinoso es figura señera de la campaña publicitaria de la Revolución Ciudadana, campaña con la cual este proyecto político quiere hacernos creer que lo social es su razón de ser... Pero volviendo a Reinoso, el actor y productor se sumaría a la lista de personas y organizaciones tanto de Alianza País como de otros sectores de la sociedad que cuando son confrontados por la ciudadanía, responden diligentemente con una demanda. ¿Es ésta la única vía posible?

Los reclamos de Silueta X contra los programas de Reinoso irán a parar a la Supercom, entidad que se ha vuelto ducha en audiencias, cargos, multas, sanciones y demás lindezas del sistema judicial. Está clarísimo que en su gestión las funciones intendenciales pesan muchísimo más que la defensa de la comunicación y sus potencialidades para hallar mejores formas de vida en común.

¿Qué sería si tuviéramos una Supercom a secas? Nada de intendencia de por medio. Imaginemos una institución dedicada a la supercomunicación, una entidad que fomentara prácticas de comunicación política real, cuyo rol, en este caso por ejemplo, podría ser organizar un gran diálogo sobre la discriminación en los medios, el humor a partir de la violencia, los estereotipos y el prejuicio como el recurso preferido de los montajes cómicos (pan de cada día en televisión). Todo esto sin perder de vista lo desabridos que son los relatos políticamente correctos, hay que decirlo.

Qué va. En Ecuador tenemos Ley de Comunicación y su reglamento, Consejo de Regulación y Desarrollo de la Información y Comunicación, cientos de direcciones de Comunicación en las cientos de dependencias públicas estatales y la ya mentada Superintendencia de Comunicación. Hasta medios públicos dizque tenemos. Sólo nos faltan dos cositas para empezar 1) diálogo, expresión elemental de la comunicación y de la democracia y 2) reconocimiento del otro como un sujeto con derecho a puntos de vista divergentes, requisito ineludible para establecer cualquier proceso de comunicación. Apenas estas dos cositas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

De Kioto a Quito: Yasuní y Esperanza


¿Es real la riqueza que prometen las reservas probables de petróleo del Yasuní frente a la perspectiva de cantidades siderales de desechos seguros? ¿Cuántos de los miles de volquetas llenas de basura y agua tóxica que emergerían con la extracción puede absorber la Amazonía? ¿Qué ocurriría con la enorme reserva de agua de la formación subterránea Tiyayacu por los efectos del petróleo? ¿Por qué Kioto es un fracaso?
Hay mucha información para responder a estas preguntas en este trabajo de Esperanza Martínez en el que colaboré gracias a la gentil invitación de Erika Hanekamp del Comité Ecuménico de Proyectos. Entre las ideas que más me impactaron está una propuesta verdaderamente revolucionaria: el Estado ecuatoriano propone una compensación de 350 millones de dólares anuales para dejar el crudo en tierra en el Yasuní. Una alternativa para colectar este fondo es que cada uno de los 13 millones de ecuatorianos compremos un barril de crudo del Yasuní durante 10 años a un valor de 25 dólares. Aquellos que no pueden pagar su barril podrían ser ayudados por la cooperación internacional. Yo pago gustosa mis 10 barriles (por supuesto esto implica el derecho a debatir y decidir cómo usar esos fondos). En verdad, ¿qué son 250 dólares pagaderos en 10 años a cambio del Yasuní (Yasuní=pueblos libres, bosque, aire, agua, plantas medicinales, animales aún desconocidos, absorción de carbono... una promesa invalorable) Usted vecina, vecino, lectora y lector ¿no compraría sus diez barrilitos?

jueves, 3 de diciembre de 2009

La Maldición de la Abundancia

Edición de la publicación más reciente de Alberto Acosta, Abya Yala, Quito 2009

Desarrollo de contenidos


Serie rutas turísticas de Quito (Empresa Metropolitana de Turismo de Quito, 2009)

El reto fue darle condumio al gran inventario turístico desarrollado por la Empresa Metropolitana de Turismo de Quito. En este proceso que ha tomado prácticamente todo el año en curso, recorrí las lomas: El Panecillo, la Cima de la Libertad, Itchimbía… Caminé los barrios: La Floresta, San Juan, Chimbacalle, Guápulo. Visité nuevamente cada templo del Centro Histórico con mi grabadora en un bolsillo y el libro de Ximena Escudero (Iglesias y conventos del Centro Histórico) en el otro. Leí tanto sobre la Virgen María que empecé a pensar en sumarme a la romería al Quinche este año… Quito se me abrió como un caleidoscopio de posibilidades, relatos y vivencias.

Edición de textos



Hace algún tiempo iniciamos una relación de trabajo con el Comité Ecuménico de Proyectos en la edición de publicaciones. (El CEP es una organización que coordina y promueve una cooperación al desarrollo de calidad en Ecuador). La primera publicación en que participé fue el tercer volumen de la serie “Foros de Ecología y Política” Globalización la euforia llegó a su fin en el año 2004. Hasta la fecha tenemos seis libros y un manual. En el CEP, he trabajado con Erika Hanekamp y me he beneficiado enormemente de su aguda visión de cómo hacer bien un libro.